Mis primeras palabras hacia esta fundamental y noble institución que es la Universidad Católica Andrés Bello, hacia cada uno de sus miembros y hacia sus autoridades, son necesariamente de respeto profundo y sincero. La UCAB ha acumulado, mantenido y hecho crecer por sus méritos incuestionables, un privilegio escaso en nuestro paí­s, que es el de la legitimidad.

Pocas organizaciones gozan hoy en Venezuela de la atribución de la legitimidad. Las razones que explican esto son complejas y seguramente se pierden en el tiempo de la historia y la cultura venezolana. Pero algo sí­ es seguro: que la legitimidad hoy en nuestro amado paí­s es un bien escurridizo, difí­cil y espinoso, resultado de esfuerzos siempre considerables y que, por lo general, está conectado a la interrogante sobre nuestras responsabilidades con los demás.

Ocurre que en un ambiente donde lo más visible y persistente son las carencias, el vasto mundo de las cosas que no tenemos y que necesitamos, la dimensión de lo que estamos dispuestos a hacer por los que están más allá de nosotros es decisiva y, tal parece desprenderse de la experiencia de la UCAB, la fuente más sólida del aprecio público.

Ese es justamente el ejemplo o la buena lección que ustedes nos han dado a muchos ciudadanos: en tanto que por décadas se han empeñado en la práctica del servicio a favor de los demás, como consecuencia de ello somos innumerables los venezolanos que sentimos afecto y admiración por la obra acumulada por ustedes con el paso de los años.

En la medida en que cada persona y organización reconsideran el interés propio y lo reubican en el contexto amplio y vibrante de lo social; en la medida en que nos preguntamos de forma sensible por los otros, en que la noción del prójimo se hace patente en la cotidianidad de nuestras vidas y decisiones, en esa misma medida y sólo bajo esas condiciones primordiales es que el universo de los que están más allá, es decir, el conjunto de la sociedad y la opinión, conceden el atributo de la legitimidad.

Si una condición extraordinaria tienen los demás, especialmente aquellos que en su primera apariencia parecen lejanos o distintos a cada uno de nosotros, es su enorme potencialidad para confrontarnos sobre nuestros lí­mites y sobre la disposición a actuar por encima de los objetivos más inmediatos y propios, pero incluso más allá, por el modo en que nos devuelven una necesidad estructural, que es la de comprender al paí­s, la urgencia de volcar nuestras miradas y sentimientos hacia la sociedad en la que vivimos.

Todos aquí­ lo sabemos: transcurrimos en un mundo en el que muchas cosas importantes son escasas. Los recursos disponibles de toda í­ndole, simbólicos o materiales, son siempre insuficientes y, como es inevitable, fuente de conflictos abiertos o soterrados que en el paso de los años no han encontrado solución y, que por el contrario, muchos de ellos parecen haber alcanzado la forma de una herida abierta, demasiado viva y dolorosa y que reclama la mayor atención para que ellas encuentren sosiego y la mejor cura posible.

Hemos pues enfrentados a la gigantesca realidad de las carencias y en la obligación de decidir qué podemos hacer para contribuir a mitigarlas. Así­ como son diversas y enormes las necesidades, así­ también, aunque no siempre ese pensamiento sea comprensible para muchos, son innumerables las ocasiones y posibilidades de hacer algo por los demás.

La UCAB está inscrita en una tradición de siglos y de alcance planetario, que es la misión de la Compañí­a de Jesús, volcada por decisión de sus más insignes miembros, a la tarea de convertir el conocimiento y los valores en el mecanismo de liberación y de dignificación de las sociedades y, muy especialmente, de los hombres y mujeres pobres del mundo, cada vez más sumergidos en la desesperanza.

En otra dimensión, que no pretende constituirse en ninguna comparación, sino apenas en un puntual y especí­fico reflejo de la voluntad de educar que ha sido el signo de lo jesuita, en Banesco hemos tomado la decisión de adherir nuestra vocación por los demás, concentrando nuestros esfuerzos hacia la educación de los venezolanos.

Tal como lo decí­a antes, el menú de opciones que existe en la Venezuela de hoy para ejercer la opción de la inversión social es enorme. Nosotros lo hemos evaluado con la ayuda de expertos y de consultas cualitativas especializadas.

Hemos analizado distintos escenarios y hemos llegado a una conclusión que ustedes entienden de modo profundo: entre las muchas posibilidades, la principal opción estructural que tiene la sociedad venezolana para el remedio a sus ingentes dolores consiste en el crecimiento del sistema educativo, en el fortalecimiento de una cultura de la educación como un rasgo de la nación venezolana.

Ello explica que nuestras distintas contribuciones y programas se hayan concentrado en la opción de apoyar a los que educan, a los que todos los dí­as insisten en aprender y enseñar, a los que confí­an en los saberes como la mejor forma de alcanzar una vida más digna y mejor.

Nuestra idea, sin mayores pretensiones, es simple y ní­tida: la educación de los ciudadanos deberí­a convertirse en la causa mayor y común de la sociedad venezolana. Se habla todos los dí­as de la necesidad de contar con un proyecto de paí­s que todos los sectores de la sociedad comprendan, suscriban y promuevan con ahí­nco y criterio de sostenibilidad.

Quizás tal deseo no parezca plausible en las actuales circunstancias del paí­s. Pero quien sabe si nuestro mejor anhelo, por el bien de los demás y también por el de cada uno de nosotros, sea posible: que el gran acuerdo del paí­s, que la materia de su reconciliación y su estatuto de posible unanimidad sea la decisión de convertir a Venezuela en un sistema educativo diverso, de múltiples opciones, realmente plural, creativo por definición, participativo y abierto a todos.

Entiendo que esta formulación puede entenderse apenas como un sueño. Pero yo quisiera que se escuchara, no como un acto de buena voluntad, sino como un manifiesto, como una propuesta para todas aquellas personas, empresas e instituciones oficiales o privadas que comparten esta visión, y que podrí­an estar dispuestas a suscribir una estrategia y un marco programático, de modo que los esfuerzos especí­ficos y localizados se conviertan en una suma, en una marcha colectiva, en pasos firmes y decisivos para que seamos capaces de producir más y mejores resultados.

La educación deberí­a ser el derecho humano y social por excelencia. El conocimiento es un producto netamente social, es decir, que sus insumos y potencialidades son materias de naturaleza pública. Nada más social y más humano, más complejo y sencillo, más variable y rí­gido, más frágil y consistente, que la responsabilidad de enseñar y la necesidad de aprender.

Siendo como es un bien de tan alta sensibilidad, precioso para la humanidad de cada persona, sustantivo para el objetivo de promover el consenso dentro de la sociedad, absolutamente imprescindible para asegurar los beneficios de la tolerancia y la convivencia, su importancia, cada vez más ancha y profunda si la confrontamos con el deterioro creciente, deberí­a alcanzar una mayor valoración, un mejor espacio y un trato más adecuado en el terreno de las polí­ticas públicas y la inversión social.

En nuestra opinión, el signo primordial de lo que llamamos responsabilidad social de las empresas debe tener como su meta la educación en todos los sentidos posibles. Ser responsable en tiempos como los que nos ha tocado vivir, actuar en una sociedad como la nuestra marcada por las diferencias, quizás deberí­a ser en lo individual y en el colectivo, la tarea dialéctica y cotidiana de aprender y enseñar, concebidas ambas como una y compleja y permanente realidad.

Estamos en un momento que merece nuestra mejor atención. Un sector del paí­s, no me atrevo a ensayar sobre cuál es su tamaño y representatividad, parece estar sinceramente preocupado por el destino de los venezolanos más pobres. Personas y empresas en toda la geografí­a expresan una voluntad o una comprensión que puede resumirse en la prédica de que debemos hacer algo por quienes llevan una vida bajo las más diversas amenazas y dificultades.

La consideración sobre la necesidad de actuar parece estar expandiéndose en estos mismos momentos. Se producen seminarios y jornadas de reflexión; se publican informes y libros que muestran que hay ciudadanos y corporaciones sinceramente preocupados y con voluntad para actuar a favor de los barrios. Hay un sentimiento en la calle que nos advierte que, si no nos aproximamos, si no comprendemos, si no actuamos a favor del paí­s que vive en condiciones estructurales de carencias, entonces no habrá posibilidad de vivir sobre una plataforma básica de acuerdos, respeto mutuo y ejercicio real de la democracia.

Para mí­ y para la universo humano y profesional que represento, aglutinado en Banesco, estar aquí­ con ustedes es realmente una fuente de alegrí­a y un honor muy sentido. Recibir la palabra y el aliento de una institución como la Universidad Católica Andrés Bello es algo que valoramos como una alta, legí­tima y duradera distinción. Por el respeto y admiración que sentimos por esta casa; por los muchos magní­ficos profesionales que trabajan con nosotros y que se formaron aquí­; por el silencioso y sistemático trabajo que se hace en los centros e institutos de investigación; por la siempre pertinente presencia de las voces ucabistas en tantos asuntos de lo público; por la lucha diaria y sin desmayo que la universidad libra para continuar dando lo mejor de sí­; por toda la significación y el ejemplo que ustedes encarnan para Banesco y para tantos ciudadanos y organizaciones, dentro y fuera de Venezuela; por todas esas cosas y por muchas otras que merecerí­an ser mencionadas a la hora de expresar gratitud; por habernos invitados y hacernos sujetos de un reconocimiento vuestro, muchas gracias, muchí­simas gracias a todos.

Buenas tardes.