Lunes 12 de septiembre de 2005.

Hace ya mucho tiempo que esperaba por este momento. No hablo de dí­as, semanas o meses. Mucho tiempo quiere decir, para los fines que hoy nos congregan, años. Largos y fructí­feros años, durante los cuales han ido creciendo y multiplicándose, las buenas razones que amarran mi afecto y mi admiración por Oswaldo Padrón Amaré.

Puedo dar fe, que no sólo quienes estamos aquí­ reunidos y emocionados, sino también muchas otras personas, hubiesen querido acompañarnos también para rendir su testimonio y abonar a la memoria compartida del paí­s, su reconocimiento a los innumerables y sostenidos atributos que el Doctor Padrón ha acumulado y ennoblecido con el paso del tiempo.

He pronunciado la palabra innumerable, y a ella quiero referirme brevemente. Vivimos un tiempo que privilegia a los especialistas. La modernidad tiene una naturaleza profundamente fragmentaria. Ella estimula la pericia temática, la habilidad profunda en una materia, la consagración a un capí­tulo del conocimiento. No sólo la promueve, sino que premia lo puntual, lo especí­fico, todo aquello que constituye una focalización.

Pero he aquí­ que, junto al universo vasto de expertos en ramas especí­ficas del saber que ha producido el mundo, desde finales del siglo XVII a nuestros dí­as, ha querido la fortuna, combinada con la voluntad de algunos hombres, que en las sociedades siguen apareciendo, cada vez más de modo excepcional, hombres complejos, hombres inclasificables, hombres a los que no es posible encasillar en un rubro, porque sus intereses, su vidas y su experiencias, son la expresión de lo múltiple, de lo innumerable, de una complejidad que no es posible reducir a una lista.

Vine aquí­ a decir que Oswaldo Padrón Amaré, mi entrañable Doctor Padrón, es en mi perspectiva, un hombre innumerable. Un hombre magní­fico, al que no cabe reducir a una categorí­a o a una especialidad, porque ello serí­a, ni más ni menos, que hacer tabla rasa con su trayectoria, es decir, negarnos a nosotros mismos el cumplimiento del objetivo que aquí­ nos convoca, que es el de levantar, ante el propio Doctor Padrón y ante el paí­s, un modesto reconocimiento por sus innumerables aportes a tantas cosas, a tantas instituciones y, sobre todo, a tantos hombres y mujeres.

Me atrevo a decir que no estamos aquí­ sólo reunidos para rendir tributo a un gran abogado, que lo ha sido con creces; tampoco a un espí­ritu que ha confiado en el sentido de las leyes, de las que ha sido promotor y propagador; o al docente sin lí­mites, al que varias generaciones de profesionales del derecho deben momentos decisivos; o al funcionario público, que dejó una huella indeleble de dignidad y de apego al interés público; o al asesor profesional, que ha ejercido con las más altas pautas humanas del libre ejercicio profesional, tal como la soñaron los hombres magnánimos y liberales de la Ilustración.

Con la venia de cada uno de ustedes; con la anuencia de las dignas autoridades de la Universidad Católica Andrés Bello, a la que siento como mi segundo hogar, la casa donde tantas enseñanzas recibí­; con el debido respeto a todo lo que significa una institución como el Consejo de Desarrollo Cientí­fico, Humaní­stico y Tecnológico de esta universidad; con la autorización necesaria de tantas personas que, con enorme entusiasmo y autoridad, muchas cosas quisieran bien decir sobre el Doctor Padrón, voy a proponer el nudo de mi sugerencia, la razón que me ha animado a mí­, y también a la organización que represento, a sumarnos al homenaje que representa la creación de la Cátedra Fundacional Oswaldo Padrón Amaré.

Pienso que además de hombre múltiple, heterogéneo, diverso, como de hecho son los caracteres más generosos, el Doctor Padrón, ha sido para mí­ y para tantas otras personas, un maestro. Si: un maestro de lo innumerable, con todo lo que eso significa, con sus implicaciones y sus posibilidades.

Es algo que he compartido con mi familia, con mis fraternos amigos, con las personas con quienes trabajo: pocos bienes en la vida constituyen un privilegio tan hondo y relevante, como el que el azar y los más imprevistos oficios de la vida, nos deparen la suerte de encontrarnos con un maestro, con un ser pródigo y generoso, dispuesto a compartir y entregarnos mucho de lo que ha aprendido y conoce.

Doctor Padrón, permí­tame expresarle a usted, delante de tan altos testigos, los parámetros de mi gratitud. A lo largo de los años he recibido de usted la bondad de la palabra atinada y justa. El consejo experimentado y desinteresado.

La advertencia, a la vez amable y a tiempo. La visión más allá de lo inmediato, la luz del horizonte posible. No se imagina usted el modo como han quedado resonando en mí­, muchas de las cosas que su desprendimiento me ha obsequiado en el camino de crecer como persona, de hacer empresa y de compartir con los demás.

Usted es un maestro, justamente porque ha sabido encontrar el equilibrio entre la ciencia y la vida. No ha sido usted un hombre cuya pasión por el conocimiento, que es extraordinaria, lo encerrado en una torre de marfil y lo haya separado de las duras realidades que son el paí­s, y la geografí­a real en la que en Venezuela se ejerce la profesión del derecho.

Digo maestro, honorables autoridades de la Universidad Católica Andrés Bello, plenamente consciente, de lo que la palabra nombra. Maestro, porque con fina, metódica y apasionada disciplina del espí­ritu, el Doctor Padrón se ha forjado en el hábito de leer, pensar, investigar y proyectar. La suya ha sido, que nadie lo dude, la vida de un hombre de letras, de un libre pensador, de un alma atravesada por una irreducible vocación por el conocimiento.

Bastan dos o tres minutos de conversación con él, para que cualquier persona sensible pueda intuir a la humanidad que porta el Doctor Padrón. Unas pocas frases suyas, sobre cualquier asunto, se alzan con personalidad propia, para indicarnos que ese hombre que nos honra con sus finas palabras, es un alma cultivada, franca y docta en los vericuetos de la vida.

Pocos rasgos, entre aquellos que son rápidamente perceptibles de una personalidad, son tan elocuentes como el modo de hablar. Cada persona es, sobre todo, su lengua: un modo de articular el mundo que lo rodea, de pensarlo, de construirlo, de nombrarlo y compartirlo.

Oswaldo Padrón Amaré es un maestro, justo allí­, en el uso del idioma, en su indestructible afán por nombrar con la mayor propiedad, con ese deseo suyo, incesante, en todo lugar y a toda hora, de poner luz sobre las cosas que los demás, tantas veces profanos o ignorantes, queremos o necesitamos comprender.

No sé si el Doctor Padrón lo sabe o no. Si se ha dado cuenta o no. Si se lo han dicho antes o no. Pero lo que yo encuentro decisivo en su carácter, es que no hay en su vida un instante donde su permanente vocación de maestro, decline o haga mutis.

En mi experiencia, y también en la de muchas otras con quienes comparto la prerrogativa de conocerle, es impresionante pensar el modo en que, minuto a minuto, en la más mí­nima ocasión que se presenta, en cada conversación o intercambio, sobre las materias más decisivas o sobre aquellas que parecen nimias, el Doctor Padrón siempre las convierte, las eleva, las potencia con su lucidez, su inteligencia irrevocable, ese magnánimo don de gente que tiene su sentido del humor.

Porque eso también es menester recordarlo en la relevancia de este acto: Oswaldo Padrón Amaré, signo que comparten sin apuro los hombres sensibles e inteligentes, lleva consigo la gracia de la sonrisa, de aquél que, simultáneamente, vive compenetrado y distante del mundo, presto en su mirador para ver las cosas de la vida con un sentido más profundo y realista, es decir, dispuesto a entender la naturaleza de cada drama, pero también, sin conceder nunca la ocasión de darle un giro a la realidad, para inventar una sonrisa y compartirla.

A lo largo de los años he tenido la honrosa oportunidad de oí­rlo, de preguntarle y escucharle, de compartir y de ser acogido para esa maravilla de lo humano que es la conversación.

El maestro ha sido hombre acogedor. Siempre un caballero. Cuidadoso, piadoso, tantas veces munificente, pródigo para hacernos pensar y repensarlo todo, lo que nos rodea, lo que nos preocupa, lo que nos concierne. Un maestro, ni más ni menos. Una maestro a quien debo, dirí­a mejor, a quien debemos, nuestra más rotunda y enfática expresión de gratitud.

Mi entrañable Oswaldo Padrón Amaré, Doctor Padrón, permí­tame que le llame maestro. Permí­tame reiterarle la profunda admiración que siento por usted. Permí­tame pronunciar, una vez más, esas dos palabras sagradas que usted tanto merece: muchas gracias.

Juan Carlos Escotet