Muy buenas noches a todos. Ciertas voces tienen una admirable capacidad y una peculiar fuerza para atravesar grandes distancias; con sensibilidad e inteligencia se desplazan por el mundo; lo extraordinario es que logran ser acogidas más allá de sus lenguas y de sus culturas. Así como profesan la vocación de crear y permanecer en un lugar determinado, también hay quienes, a partir de sus raíces, viajan por el mundo y las ofrecen, las comparten con otros, con muchos otros.

Si nos preguntásemos cuánta proximidad o cuanta lejanía sentimos ante nuestros invitados, un poeta nacido en la Isla de Santa Lucía, y un economista nacido en Bangladesh, podríamos detenernos sólo en el aspecto de la distancia geográfica, pero hay otros asuntos mucho más sustantivos que el número de kilómetros para pensar y sentir si un visitante es tajantemente un extranjero, o si aunque haya venido de otra parte, de un lugar más allá del nuestro, es alguien con quien tenemos alguna vecindad, un conjunto pequeño o no tan pequeño de afinidades, temas y percepciones comunes. Porque esa es justamente la pregunta de fondo que explica este encuentro que hemos llamado “Palabras para Venezuela” y que hoy, por tercera vez, se cumple con el mismo entusiasmo con que lo soñamos ya hace algunos años. En el 2003 vinieron desde Polonia Lech Walesa y desde Argentina Ernesto Sábato. En el 2005 desde Costa Rica llegó Oscar Arias, y luego de un largo viaje llegó Mijail Gorbachov, desde la enorme Rusia; hombres cuyas vidas han estado determinadas por sus respectivas geografías y realidades, y que sin perder nunca ese tejido, esa modulación que los hace diferente, pudimos escucharles y recibir de cada uno elocuentes pensamientos para luego cada quien escoger y guardar en su memoria algunos de ellos.

Palabras para Venezuela se fundamenta en una idea de apariencia sencilla, pero que constituye ella misma una de las grandes preguntas de la humanidad, el reconocimiento, el incalculable valor que tiene el encuentro, la acogida del que es distinto, del que provine de otro lugar y de otra experiencia y está dispuesto a hablarnos de lo que siente y conoce.

Aunque son muchas las razones que nos animan al esfuerzo de organizar un encuentro como el que esta noche nos congrega, si me pidieran que lo expresara en una mínima fórmula, diría que ella es para tener el privilegio de escuchar a otros que vienen de otras partes y traen consigo experiencias y aprendizajes.Hay la idea misma de escuchar algo que pueda resultar demasiado obvio, y por ello mismo engañosa. Vivimos bajo ciertas presunciones que no siempre facilitan el acceso considerado del otro a nuestro ámbito, venimos de una larga cultura marcada por el fuego del celo y el recelo; estamos convencidos de que escuchamos y tal vez eso no sea tan cierto como creemos. Asociamos la idea de lo seguro a lo que nos resulta conocido y repetido: prejuicios, múltiples desengaños.

Una economía de menor riesgo interviene y obstaculizan la posibilidad de interactuar con aquellos que provienen de un universo humano emocional y productivo distinto al nuestro, y resulta que los relatos de muchos de nosotros, en nuestras historias de vida, en las cosas que nos han pasado y que han cambiado nuestro destino para siempre, a menudo nos encontramos con que ha sido un otro, algo o alguien, que no integraba el elenco de nuestras representaciones, o que no formaba parte de nuestras expectativas o del cartel de nuestros conocidos, la figura que un buen día irrumpió y nos trajo una novedad que ha sido decisiva en nuestras trayectorias; sé que cada uno de ustedes sabe a lo que me refiero, marchábamos por un camino a una velocidad promedio, hasta que en un instante de un modo imprevisto, una fuerza, una decisión, un ser inesperado cambió la ruta y el objetivo.

Los estudiosos de la cultura venezolana quizás podrían aportarnos una comprensión realmente fundamentada de esta intuición, pero me siento bastante ganado a la idea de que la aventura y el riesgo del otro han sido tremendamente fructíferos en nuestra tierra de mestizos y mestizajes, a la que se han ido sumando, incorporando, integrando oleadas y hasta generaciones de gente venidas de tantos lugares. Siglos y siglos, donde la narración del foráneo llega, se aviene, se instala y aquí permanece, se repite infatigable como si ese fuese uno de nuestros sentidos, uno de nuestros signos tectónicos. Pero también es posible que una paradoja sea parte de nuestro patrimonio, la misma cultura que se ha ido forjando tras sucesivas oleadas de seres, que llegaron y ocuparon estos espacios, estas costas, estas llanuras y montañas, a lo largo del tiempo, esa misma cultura o una parte de ella podría haberse apertrechado de un cierto endurecimiento, de una cierta cerrazón para escuchar, de una cierta resistencia o negación para abrir las ventajas y hacerse cargo del vasto universo de novedades que nos rodean.

Por ello, las palabras que quiero invocar esta noche es apertura. En lo que ella propone como disposición hacia el mundo y los demás, abrirnos a lo que viene de afuera ha sido y debería seguir siendo nuestra fuente primordial de interrogantes sobre lo que somos y sobre el modo en que vivimos, el que es distante, el que es distinto, trae siempre otras energías tangibles e intangibles, otros sueños, otros espejismos, proyectos de variados carácter y relatos de vida que se han alimentado de materiales de distinta procedencia.

Entonces, cabe decir frente a testigos como Dared Walcott, como Muhammad Yunus, ese otro al que me refiero con excesiva frecuencia, ha estado aquí, no lejos, sino entre nosotros, y que en el seno mismo de nuestra cultura, en la manera como la realidad cotidiana transcurre con sus días y sus noches, quizás hasta sin percatarnos de ello, demasiadas vidas y experiencias se nos han vuelto ajenas, ausentes, casi invisibles o simplemente inexistentes.

Nos pesa, nos estremece ¿estamos acaso impedidos de aceptar que varias generaciones de venezolanos podríamos habernos equivocado? No cualquiera, sino las conformadas por las personas que estábamos llamadas a mantener vigilante y orgánica una visión del país y que lentamente, que al compás de los años, nuestras miradas perdieron alcance y nos entregamos a la práctica de limitadas rutinas que creíamos suficientes y eficaces, resultando que un día, como quien se despierta en un lugar cuya arquitectura ha sido modificada, comenzamos a sentir que el nuestro se había convertido en un país que no reconocíamos del todo, porque dentro de él había presencia que sentíamos como extrañas.

Debemos considerarlo, sopesarlo en su significación, el sentimiento de extrañeza no vive fuera sino dentro de cada quien. Lo que hace asombrosa la obra poética de Derek Walcott y también su notable trayectoria como experimentador del teatro, ensayista, y estudioso de la poesía, especialmente de la escrita en inglés, no es sólo la profunda y diría que inimaginable revitalización de la lengua inglesa, que aporta desde afuera, desde su condición periférica, sino una profunda y reiterada conciencia y autoconciencia racial, cultural y política. Porque se define a sí mismo, como un antillano, como un ciudadano de lo híbrido que no teme reconocer su condición de hombre mestizo.

Walcott ha proyectado una escritura, creo yo, cuya resonancia ha alcanzado a muchas personas incluso en nuestra lengua.

Un eco semejante, pero hecho de otra materia nos hizo pensar en la admirable figura de Muhammad Yunus. También, él nos devuelve a esa estimulante paradoja que es el pensamiento de qué está cerca y qué lejos. Basta una somera revisión a los datos más visibles del trayecto biográfico de Muhammad Yunus, y al impacto que ha tenido utilizar el microcrédito como herramienta para superar la pobreza a través del Grameen Bank, para preguntarnos de inmediato cuán alejada está Bangladesh de nuestra complejidad social y económica. Cuando un sistema que fue concebido y diseñado para atender a una específica realidad, ha servido de inspiración no sólo a Banesco en Venezuela, sino también a muchas otras organizaciones especializadas en finanzas tanto en América Latina como en otras zonas del planeta.

Es sorprendente leer algunos de los discursos y artículos que Yunus ha publicado para narrar todo lo que fue necesario diligenciar para así encontrar una solución financiera a

una interrogante profundamente humana, esa que nos dice que todos merecemos por lo menos una oportunidad en la vida. Lee uno con perplejidad y admiración la poesía de Derek Walcott y se percata de cuanto en ella de autoafirmación y de avance sobre el mundo a un mismo tiempo, piensa uno, mejor dicho, pienso yo, en este país al que amo con mis entrañas porque soy de aquí y no puedo ser sino de aquí para siempre, y levanto mi cabeza todos los días para fijar mi atención en tantas cosas que están a nuestro alrededor, tanta lucha, tantas pequeñas maravillas, coraje, fecundidad, empeño, transigencia y también intransigencia que se disfraza bajo distintos ropajes, y me digo que las instituciones oficiales o privadas, los funcionarios del Estado y lo de las empresas, los que escriben y los que toman decisiones, todos sin excepción, tenemos un déficit o un superávit con el verbo escuchar y con las formas y las consecuencias que ello exigen.

Es una lejana presencia entre nosotros, o está próximo el bengalí, Muhammad Yunus, Premio Nobel de la Paz 2006, hoy por hoy la voz más influyente del destino próximo de los sistemas financieros del mundo, la extraordinaria visión que alcanzó a partir de su fecunda compenetración con cuanto le rodeaba, nos habla y nos estimula a considerar su validez en la realidad venezolana, viene de la proximidad o de alguna particular lejanía, el antillano Derek Walcott Premio Nobel de Literatura 1992, de quien los expertos han señalado que su obra constituye la más alta renovación de la poesía en lengua inglesa que se haya producido en más de un siglo.

Señor Derek Walcott, señor Muhammad Yunus, reciban ustedes nuestra gratitud por haber aceptado esta invitación, de haber llegado hasta esta su casa, nuestra casa. Lo mismo digo a todas las personas que esta noche nos acompañan en Ciudad Banesco, honrados nos sentimos de tenerles aquí. Como ustedes saben, desde el día en que se inauguró Ciudad Banesco, ésta es también vuestra casa. Frente a tan magníficos testigos nos hemos permitido abrir las puertas de este lugar para recordarnos a nosotros mismos y para compartir con tanta gente que apreciamos y admiramos, el incalculable, fructífero, esperanzador tributo que tiene escuchar a los otros, de escuchar e intercambiar, de observar y admirar, de disponerse al otro que este proviene el sentido hondo y duradero de la convivencia.

Ha llegado el momento de escuchar a nuestros invitados, queremos recibir de ellos la experiencia, el sentimiento y la sabiduría con la que estamos convencidos nos obsequiarán, queremos ofrecerles lo mejor de nuestra hospitalidad, abrir nuestros espíritus a los que tienen que decirnos.

Brindamos, pues, una ofrenda a la opción de vivir siempre en paz. Démosle la más calida bienvenida. Muchas gracias.