Martes 30 de octubre de 2007.

Hace ya más de 5 años, Del sol y de la luz convive con nosotros, el mismo tiempo que cada uno de nosotros, con mayor o menor conciencia, ha convivido con ella como un personaje ineludible de nuestro dí­a a dí­a, que se ha incorporado a nuestro paisaje, al transcurrir de nuestra cotidianidad y a nuestro ánimo, de modo tal, que ella forma parte ya, de una peculiar manera, de lo que somos y de lo que nos importa.

El de hoy es un encuentro que nos ha producido especial excitación, no sólo por la oportunidad de compartir la publicación del libro del notable académico y crí­tico de arte Edward Lucie-Smith, dedicado exclusivamente a esta obra, y que como todo libro producido con calidad y parámetros de rigor es un hecho de alta y creciente relevancia, sino porque con el paso del tiempo, con el ir y venir de los dí­as mientras cumplimos con las responsabilidades que hemos asumido, nuestro sentimiento y la calidad de la interacción con la obra ha cambiado, se ha llenado de significados y maneras de vivirla, y quizás hoy sea la ocasión privilegiada de hablar de ello y compartirlas con ustedes, personas que nos honran con su presencia.

Del sol y de la luz, así­ nombró el maestro Jacobo Borges a esta obra que es, digámoslo de una vez, una y muchas obras. Desde el instante mismo en que la mencionamos por su nombre, Del sol y de la luz, ya podemos intuir que ella no podrí­a estar constituida por una pieza o una especí­fica y solitaria idea, sino que ella necesariamente, tendrí­a que resumir en su expresión, tantas y diversas cosas como las que resuenan en palabras circulares, plurales e infinitas como luz y sol.

Si hiciéramos aquí­ y ahora, una mí­nima consulta sobre lo que para cada uno de ustedes convoca lo que ha sido marcado para siempre como Del sol y de la luz, seguro estoy de que todos nos sorprenderí­amos por el ancho abanico de sugerencias e imágenes con las que nos obsequiarí­an, y que, estoy plenamente seguro de ello, nos llamarí­an a volver a pensar en la obra, en lo que ella dice o murmura, en lo que afirma con rotundidad y lo que ella siempre guardará como una especie de magnético y recurrente misterio.

Pero más allá de las incalculables posibilidades de interpretación que cada una de las secciones y la totalidad nos proponen, hay otra pregunta que debe estar planeando en las mentes de muchos de ustedes, y es la que dice que por qué un banco, una institución como Banesco no optó por la búsqueda de pinturas o esculturas o instalaciones de menor formato, más concentradas en un asunto o temario, y tomó el riesgo o un camino que entraña una cierta audacia, de traer a un artista de grandes visiones como Jacobo Borges, para mostrarle este espacio y retarlo, diciéndole al hombre y al creador, somos esto que has conocido y esto que ves, en esta suerte de fábrica de servicios, que es la naturaleza esencial de este edificio. Nos conoces e intuyes de alguna manera, y nosotros conocemos e intuimos tu obra, también de alguna manera. Emprendamos entonces la aventura. Aquí­ tienes las dos arterias vitales de esta estructura, dos verticales que atraviesan cinco niveles del edificio, y arriba tienes una larga franja horizontal que une a las dos arterias por arriba, franja además expuesta a la luz, y sugiérenos un diálogo, un conjunto metafórico en el que podamos encontrarnos.

Amigas y amigos: Del sol y de la luz se ha constituido en uno de los emblemas que con mayor fuerza reverbera en el alma de este edificio. Ella nos recuerda en cualquiera de sus momentos, en la inacabable experiencia de verla por partes, pero sabiendo siempre, que no importa desde el lugar que escojas para enfrentarte y mirarla, que siempre ella tiene más que ofrecer a quien la mira, o arriba o abajo o a los lados, y que ella nos plantea como un requerimiento, como una exigencia de la relación posible, la necesidad de movilizarte, si quieres tener al menos una primera y básica visión de lo que la obra desprende y proyecta sobre cada uno de sus interlocutores.

Si bien Del sol y de la luz es una propuesta con una sedimentada y rigurosa narrativa interior, y que tiene un determinado modo de ascender y descender, de quedarse y fugarse de un lado a otro del edificio, y que ese fluir proviene del lugar más puro de la imaginación creadora de Jacobo Borges, también para nosotros es un acontecimiento retador, que nos sugiere la necesidad de movimiento, disposición abierta del espí­ritu, apertura a las tensiones y roces, a los desplazamientos y vaivenes, a los ruidos y músicas del mundo.

Si hay algo que personalmente aprecio por su resonancia metafórica, es que la obra acepta descripciones, explicaciones y razonamientos, sólo hasta un punto. Cierto es que podemos comentarla e intercambiar nuestros respectivos pareceres a medida que la recorremos, a medida que ella ocupa un lugar en nuestra memoria.

Pero es probable que, sensibilizados a ella, alcancemos una zona que nos resulte más inquietante y difí­cil de verbalizar y reproducir, porque se trata de repercusiones muy í­ntimas, como la disquisición, el eco, las luces y sus sombras, lo que nos llega a cada uno y que es irrepetible, porque a pesar de que este es un lugar público, en el sentido de que todos los dí­as recibe a centenares de visitantes que entran y salen, a Del sol y de la luz eso le tiene sin cuidado: ella susurra, le dice a cada quien algo distinto, remueve en cada quien su respectiva historia y sensibilidad, porque como bien sabe cada uno de ustedes, las obras de artes trascienden porque tienen la facultad de un habla común, compartida, pero sobre todo porque portan un habla intransferible, que se dirige a eso único, irrenunciable, insobornable e incomunicable que todos llevamos por dentro.

Hay algo en Del sol y de la luz que se mantiene apegada al edificio, pero hay algo en ella que quiere desbordarlo, ir más allá, salir a las calles y encontrarse con cada uno de ustedes. De lo mucho que ella nos dice, me interesa especialmente su tensión entre lo interior y lo exterior, lo que estando adentro quiere exponerse al sol, a su incesante repertorio de tonalidades, y también a esa maravilla que llamamos luz, y que sólo cabe entender como variación insospechada, como cambio ad eternum, como promesa de que su verdadero destino no es otro que el de ser distinta en cada instante.

Que Del sol y de la luz sea diversidad de medios, técnicas, materiales y posibilidades, es una equivalencia de lo Banesco se ha propuesto ser: un centro de servicios que basado en una sólida nervadura interior, y un tejido de preceptos y valores de relación con las personas y el paí­s, sea también una red permeable y abierta a los demás, un conjunto de servicios y personas siempre en voluntad de escuchar, de respetar cada especificidad y de reconocer las diferencias, también a partir del uso múltiple de medios, tecnologí­as, recursos materiales y financieros, así­ como de opciones siempre adaptándose y creciendo, porque hemos aprendido a reconocer que, de modo simultáneo a la luz del sol, todo cuanto nos rodea se muda, renueva, transfigura, invierte o evoluciona con cada mirada.

Eso que sube y baja; asciende y desciende; que se detiene por momentos y luego continúa su camino; que se interrumpe y reanuda en un mismo nivel; que cambia de tono y carácter dependiendo de si uno se mueve hacia arriba o hacia abajo; eso que nos lleva y nos confronta con el agua y la tierra, con el fuego y el aire, con el bosque y la montaña; eso que nos invita a pensar en las obras de hombres y mujeres admirables; esa valentí­a que se coloca en medio de la lucha entre la luz y la sombra; esa voluntad de reunir en una continuidad lo que parece como incompatible entre sí­, todo eso y mucho más es Del sol o de la luz, pero eso también es un poco Banesco, traducido a sus dimensiones y actividades, porque está en nuestra alma corporativa eso de ser a un mismo tiempo, secciones y unidad, transcurrir por la diversidad y continuidad, ahora espí­ritu estimulado por el lento, persistente y secreto hacer de esta obra, que poco a poco nos va marcando, se cuela sin que nos percatemos y nos deja su impronta, y a lo mejor no lo sabemos, no nos percatamos, pero ella está siempre allí­, penetrando nuestros corazones y nuestra memoria, haciéndose imprescindible para la vida de todos nosotros, que es finalmente el destino de todas las grandes obras de arte.

Muchas gracias.